En nuestro día a día se dan situaciones que vamos resolviendo con las herramientas que tenemos y que nos han servido en otros momentos. Estos recursos los generamos a medida que tenemos experiencias, aumentamos nuestros saberes y automatizamos conductas con el fin de ahorrar la energía que queremos poner en otros lugares.

Sin embargo, hay ocasiones en las que la mochila nos pesa más que nos ayuda, que hay herramientas que no terminan de funcionar y el malestar se va acumulando. Quizá, con la inercia de la rutina, ni siquiera nos damos cuenta de la bola que se está creando y de qué se compone, pero llega un punto en el que aparecen sentimientos o sensaciones que nos muestran que algo no va bien.

¿Cómo afrontamos este proceso?

Este momento es complicado porque, si revisamos nuestro alrededor, puede que encontremos a priori una circunstancia concreta que pueda explicar cómo nos encontramos, y se empiezan a colar entre nuestros pensamientos mensajes de culpa como: “¿por qué estás así?”, “¿cómo no vas a poder con esto?”, “esto ni siquiera es un problema” o “deberías estar contento o contenta con todo lo que tienes en tu vida”.
Descubrir que estamos en este punto, es el primer paso, pero después, va a ser necesario que:

  • Conectemos con el cuerpo y midamos el nivel de malestar.
  • Vayamos distinguiendo las emociones que se han mezclado.
  • Revisemos qué situaciones se corresponden con unas emociones o con otras.
  • Escuchemos qué habríamos necesitado para encontrarnos mejor.

Dar estos pasos no son tarea fácil, y por eso en ocasiones, nos acompañará el cansancio, el enfado o la pérdida de esperanza en el proceso.

Recuerda que…

Estos mensajes, con frecuencia, tienden a bloquearnos y hundirnos más en una espiral en la que nos sentimos cada vez más incapaces. Por eso, es necesario dar la importancia que se merece al cúmulo de emociones que se han creado y, poco a poco, ir separando todo lo que se ha amontonado. Solo de esa manera, podremos reflexionar sobre la posición que queremos adoptar ante cada problemática que encontremos y revisar qué recursos funcionan y cuáles queremos sacar de nuestra mochila porque ya no son útiles.

Este camino no deja de ser un proceso en el que reencontrarnos con nuestras metas, objetivos, o ilusiones, pero no por ello es fácil. También tenemos que analizar si las actitudes con las que estamos respondiendo generan las consecuencias que esperamos o si se han alejado de nuestros valores.

¿Y si hacer esto solo se me complica?

El autocuidado también consiste en pedir ayuda cuando sabemos que se nos está complicando, y mostrar la vulnerabilidad no nos convierte en personas con mayor debilidad. Las redes de apoyo como las amistades, el vecindario o la familia, pueden sernos útiles, así como acudir a un o una profesional.
Gran parte de los procesos terapéuticos comienzan con un malestar general más que por una problemática concreta y mucho de este trabajo consistirá en desmigajar ese montoncillo de pequeñas cosas que se han ido acumulando para poder decidir cómo gestionar cada una de ellas.