“No te preocupes”, “no estés triste” o “tranquilízate”, son mensajes que escuchamos con frecuencia cuando personas de nuestro círculo intentan acompañarnos en el sufrimiento.
Si bien, la intención es intentar ayudar, es necesario saber que no todo es tan sencillo como parece. Hay circunstancias en la vida que traen consigo nubes y niebla y van transformando nuestro escenario en lugares oscuros donde casi no se puede ver. Además, los miedos van cogiendo fuerza y aumenta la percepción de estar en un laberinto sin salida, hasta el punto de que esto se torna en nuestra nueva realidad.
El malestar como compañero de viaje, puede resultar incómodo o desagradable, pero probablemente no se hará más pequeño hasta que no podamos resignificar nuestras experiencias.
Si bien, el contexto social, económico y cultural probablemente hayan contribuido a las limitaciones que estos miedos han traído a nuestra vida, va a ser necesario entender que nuestra identidad es mucho más de los mensajes que traen estas nubes, que somos mucho más de lo que parece y lo que mostramos no es la totalidad de lo que sabemos.
Por tanto, una acción fundamental es externalizar poco a poco esos miedos para desligarlos de lo que nos han hecho creer que es nuestra identidad. Las etiquetas que recibimos, tanto de nosotros y nosotras mismas, como de nuestro entorno, pueden ser muy totalizadoras y dificultarnos, en muchas ocasiones salir de ese discurso que no nos identifica completamente.
Cuando los miedos no nos dejan ver, quizá necesitemos un tiempo para coger fuerzas y recordar que no solamente somos esas situaciones que hemos pasado y que nuestra vida es mucho más que eso.