Como seres sociales que somos, es crucial entender que nos construimos con otras personas y con las experiencias que se acumulan a raíz de esas interacciones. Es por eso que la responsabilidad afectiva es fundamental en el encuentro con los y las demás.
Teniendo clara esta base, la puesta en práctica quizá no sea tan fácil y se dan ejemplos, tanto de un extremo, como de otro. El punto principal que hay que tener en cuenta, es poder asumir que nuestros actos pueden generar diferentes emociones en el entorno. A partir de aquí, el objetivo debería ser evitar, en la medida de lo posible, daños o heridas a personas con las que tenemos algún tipo de relación.
Para poder hacerlo de la mejor manera posible, va a ser necesario reconocer nuestros propios sentimientos y aprender a gestionarlos. Dentro de esta gestión, es importante separar las emociones que se despiertan en relación a heridas del pasado y corresponden con un trabajo personal. Hay otras que aparecen porque quien tenemos al lado ha tocado con algo que es importante para nosotros o para nosotras y tendremos que revisar si queremos compartirlo o no.
Dentro de este último aspecto, hay ocasiones en las que se confunde el poder expresar lo que no nos ha gustado por si genera malestar en el otro u otros sujetos. Esto produce que se vayan acumulando posos y una sensación de alejamiento, o incluso de explotar con todo lo que se ha ido guardando.
Acumular, tampoco es una postura que se relacione con la responsabilidad afectiva, ya que nos estamos quemando por alumbrar, lo que supone que el daño se está quedando en nuestro tejado, y en consecuencia, también en la relación. Por tanto, poder expresar de una manera cuidada, pero manifestando lo que también nos duele, es esencial para construir y mantener esos espacios que valoramos.